por Agustín Moncada Zamorano
Militante Comuna de Estación Central
Licenciado en Castellano y Folklorista
Estamos viviendo insertos en una sociedad maquiavélica en la cual el hombre ha pasado a ser consumidor, cliente, número… cualquier cosa menos persona. Una sociedad chilena lejana, muy lejana a la que disfrutaron nuestros padres. Nada o muy poco queda del Chile amable y de puertas abiertas, del Chile que vio nacer a íconos de la cultura universal, de ese país en el que buscaron refugio hombres como Rubén Darío y Andrés Bello, de ese país de IL Bosco en el que la madrugada florecía y brotaban las ideas entre los grandes pensadores de la época.
Todo eso fue borrado sistemática y estratégicamente por la dictadura, y los gobiernos de la Concertación han sido incapaces, o no han tenido la intención de reconstruirlo (prefiero pensar en la incapacidad). La educación, la salud, la previsión social, entre otros, dejaron de ser derechos para transformarse en privilegios. Todo se puso a la venta y se privatizó hasta el derecho a pensar que nos regalaba el Estado a través de la educación y el acceso real a la cultura. Se municipalizó la educación y se les abrieron las puertas a los particulares para que instalaran a diestra y siniestra colegios subvencionados… y nació la educación diferenciada: lo mejor para los que tienen más, cerrando el circulo y condenando a la marginalidad a la inmensa mayoría. Las cajas de empleados públicos y particulares dieron paso a las AFP; y a la salud le crecieron ISAPRES. Se privatizaron los servicios públicos en desmedro del bolsillo de los ciudadanos… Se dirigió al país en un rumbo claro y tramado para lograr irremediablemente los objetivos del gobierno dictatorial: crear una masa social fácilmente controlable por la plutocracia oligárquica gracias a la idiotización y alienación del pueblo, lo que se logra con la diferenciación educativa y los impuestos a la cultura, que transforman a esta necesidad del espíritu humano, en un artículo de lujo. (De hecho, la exclusión de la filosofía y de la educación cívica de los planes y programas de la educación media es un claro indicio de las intenciones de los cerebros de este plan).
Este es el país que nos legó la dictadura, y es este mismo país el que la Concertación ha administrado durante más de dieciséis años sin realizar cambios de fondo. Este no es el país por el que luchamos ni el país que nos prometieron. Sabemos que a quienes hoy ostentan el poder económico no les conviene el cambio, pero por lo menos se debiera limitar el campo de los negocios a las materias que directamente les competen, y no continuar manejando como negocios los derechos de las personas, derechos cuyo acceso debe ser garantizado y otorgado por el Estado. Es su misión ineludible.
Dentro de este marco se encuentra, como todo lo que existe en el Chile de hoy, inserta la cultura. Una cultura malentendida que se confunde con la farándula y relegada a franjas televisivas invisibles, sin una real cabida en los medios de comunicación. Una cultura que paga impuestos y que se aleja de la gente porque cada día se encuentra más lejana a ella ya que nadie quiere lo que no conoce. La política artística-cultural de nuestro país se ha quedado en el efectismo inmediatista, y se ha dedicado a producir eventos que son “flores de un día”, con nula repercusión en la comunidad aparte de los días de fiesta que se viven mientras dura el mismo. Si hacemos un paralelo con la alimentación, es lo mismo que darle de comer a un niño un día en abundancia, para dejarlo con hambre el resto del mes. Lo que la mayoría realiza son funciones de circo que no se proyectan, como podrían, al interior de la comunidad. Es necesario, entonces que realicemos acciones culturales perdurables en el tiempo. Los eventos son un punto de partida, son la motivación que todos necesitamos por interesarnos por algo que, tal vez, hasta ese momento desconocíamos. Esos eventos deben ser luego capaces de captar talentos en la comunidad, talentos que descubriremos a partir de la semilla que el evento sembró, talentos que luego deberemos canalizar a través de la creación e implementación de talleres que los cultiven y les den las armas para su desarrollo personal. Ese es, como ejemplo, una buena forma de hacer cultura trascendente.
La cultura chilena está en manos de abogados, médicos e ingenieros, cualquiera, menos los que realmente la conocen y han hecho de ella su vida (basta darle una mirada a los currículums de quienes dirigen Cultura, Educación y Chile Deportes, que, aunque algunos lo duden, también es una parte importante de la cultura de un país, si no, basta con que examinen la historia y se dirijan a la Grecia clásica). Lo económico aplasta y agobia, y este país (jaguar de mentira y económicamente en vías de desarrollo a costa de sus propios ciudadanos) ahoga con el neoliberalismo, agobia con las tarjetas de crédito (sustento originario de la riqueza del Sr. Piñera), se vuelve cada día más gris y solitario. Nosotros, muchos de nosotros, soñábamos con un profesor en el Mineduc, un médico en Salud, soñábamos con que cada cual ocupara el lugar que le corresponde. Desgraciadamente, se cambiaron los uniformes por los economistas y, entonces, miramos con envidia a un Brasil que cuenta con Gilberto Gil en Cultura y con Chico Buarque en Educación. En estas condiciones, obviamente, debemos resignarnos a ver como el gobierno y sus instituciones financian casas de vidrio, vacas sobre las terrazas de los edificios, jugueras tritura peces y árboles en el punto central del Estadio Nacional; debemos resignarnos a mirar como cada día las portadas de los diarios se llenan de imágenes de modelos y deportistas faranduleros, los programas de televisión se llenan de los mismo, y la radio difunde hasta el cansancio el último hit de Karen Paola; y más encima debemos tolerar que personalidades de derecha se llenen la boca exigiendo cuentas a los ministerios, proponiendo cambios que solo les terminarán beneficiando a ellos, y hayan logrado convertir a la UDI en el partido más popular del país. ¿Cómo? Simplemente porque nuestra dirigencia le dio la oportunidad de aprovecharse de la mala memoria de un pueblo que fue conducido inteligente y eficazmente a la borreguera, olvidando que fueron ellos los que apoyaron incondicionalmente al dictador para que transformara ese Chile grande en un mal sueño. ¿Cómo? Gracias a la incapacidad de nuestros políticos para enfrentarlos con la verdad que a todos nos duele, aunque no puedo dejar de pensar que esta incapacidad puede estar encaretada tras los intereses que muchos. Lo que nos pondría en un escenario sin salida, ya que nadie va a querer matar su gallina de los huevos de oro.
De todas nuestras manifestaciones artísticas y culturales, pareciera ser que la música es una de las más heridas con el paso de estos años. Duele darse cuenta que los escenarios para la música, y especialmente para el folclore, cada día son menos. Duele decir que en dictadura no faltaba lugar donde dar a conocer nuestro trabajo, trabajo que hoy, especialmente para los que optamos por dar la lucha aquí, en el país, es más escaso. Hoy nos encontramos limitados a los festivales de la canción que, además, no son muchos, y que se han transformado no en la convivencia alegre entre pares que debiera ser, si no en una lucha descarnada por obtener un premio, por ganar el dinero del premio en realidad, creándose incluso en estos pequeños espacios, feudos manejados por pequeños dictadores que aprovechándose del estado de las cosas, se lucran con la necesidad de los creadores y manejan estos certámenes según sus propios intereses. Pero, ¿Debemos resignarnos? No, la respuesta para el creador siempre va a ser la misma. No. Más aún para los creadores y agentes culturales con conciencia social y cristiana, humanista y cristiana.
Cuesta comprender cómo hasta ahora nuestro partido ha dejado práctica y absolutamente de lado este campo fundamental del desarrollo humano, permitiendo que nuestros compañeros de coalición se apropien de artistas e iniciativas culturales, obteniendo para ellos en exclusiva los importantes réditos que el desarrollo de estas áreas conlleva. Me parece que la ansiedad inmediatista, y el afán electoralista nos han hecho optar por caminos aparentemente de pronta retribución, los que al pensarse inmediatos, no se proyectan en el tiempo y no le proporcionan a la población el grado de afectividad y desarrollo integral que los campos del arte y la cultura, apoyados por un buen manejo comunicacional le otorgan. Hemos perdido de vista que un voto ganado con el desarrollo del arte y la cultura en la población, se transforma inevitablemente en un voto “duro”, sobre todo hoy, cuando la ausencia de valores y la moda facilista hacen de las suyas sin encontrar mayor oposición.
Lo arriba expuesto, nos invita a retomar con fuerza y decisión nuestro quehacer en este campo, ya que es el deber de nuestro partido imponer el sello que nos es propio, nuestra propia visión de mundo, nuestros valores humanista-cristianos en el campo del arte y la cultura, reencantando a nuestros artistas e intelectuales, los mismos que a causa del abandono al que los hemos sometido, nos han dejado de lado.
Al parecer se ha olvidado el importante rol que jugaron los actores del arte y la cultura en el triunfo que nos permitió recuperar la democracia. El brillo y masividad que tuvieron los actos desarrollados durante las campañas del “no” y la de don Patricio Aylwin, se debieron en gran medida al compromiso y participación de nuestros artistas, sin olvidar, obviamente, el especial momento histórico que estábamos viviendo. En esos tiempos existía, en todos los habitantes del país, sin importar edad ni condición social, un deseo de participación a toda prueba, una necesidad urgente de decidir libremente sobre nuestro destino.
La presencia de la Democracia Cristiana en el ámbito cultural es hoy muy escasa (por no decir nula), simplemente porque los personeros del partido así lo han querido. La soberbia y el sentimiento que por mucho tiempo los inundó de sentirse el partido más grande del país los hizo olvidarse de quienes posibilitaron en un momento su grandeza: los pobladores, los jóvenes, los trabajadores, en síntesis, la gran masa social que se encantó con la fuerza y el idealismo de los comienzos. Para un artista, que es de por sí un ente universal, le es muy difícil identificarse con un partido específico (dejar de ser entero para transformarse en un partido) si a esto le agregamos la cantidad de fracciones que hoy nos dividen la cosa se hace aún más complicada. Pese a esto, muchos se jugaron por el fraccionamiento que esto implicaba (Fernando Ubiergo, Hernaldo, Chilote Peñaloza, Miguel Arteche, etc.), pero fueron parte de la utilización que de ellos y de su arte se hizo optando, por fin, por la marginación total de todo lo que hiciera referencia a la política partidaria en curso. Así, sin referente alguno, poco o nada podemos hacer frente a la tremenda cantidad de opciones que le plantean nuestros compañeros de alianza, lo que, pese a todo, hubiese podido ser reversible si existiera la mínima intención de hacerlo. No es posible, ni admisible, aceptar que para acceder a un cargo de mediana importancia debamos poseer padrinos de una u otra convergencia política ya que el loteo, terrible epidemia de los tiempos, nos lo exige. Y esto es lo que sucede hoy en el país. Individuos que se disfrazan de lo que amerite ser en el momento para acceder a cuoteos que no distinguen capacidades, si no pertenencias a subgrupos que sin distinciones de capacidad ni estudio de méritos, solo optan por ubicar a la mayor cantidad de representantes de su tendencia en cuotas de poder que poco o nada ofrecen a la comunidad salvo la continuidad de su enriquecimiento personal. Esto genera solo una permanencia y anquilosamiento en los cargos de individuos mediocres que, a raíz de la escasa importancia que el partido le otorga al tema, caen o recaen en la cultura, o sea, lo que debiera ser de primerísima importancia para la política partidaria, pasa a ser tema de tercera clase y un cementerio explícito en el cual se destierran las aspiraciones figurativas de las ambiciones de individuos amparados por subtendencias que pagan con el otorgamiento de cargos los favores concedidos.
Los medios de comunicación nos presentan a diario una sola perspectiva de la realidad pues la gran mayoría están en manos de los mismos consorcios que los manejan con una visión unívoca pues pertenecen a los mismos grupos de poder que manejan toda la actividad económica del país. Nuestro partido no posee ni una miserable radio que nos permita difundir propuestas, dar una visión humanista del entorno social, que le dé tribuna a nuestros creadores, que se transforme en el altavoz de los principios partidarios. No nos hemos preocupado por difundir nuestra filosofía que es la piedra fundacional del partido. Esta ha quedado sepultada bajo una constante lucha por el poder… cómo podemos pretender crecimiento, presencia en el pueblo, si solo nos preocupamos de recurrir a este cuando necesitamos de su voto? Y danzamos al son de los millones desplegados oportunistamente en las campañas, sin preocuparnos por la siembra constante, por la presencia constante a través de la implementación de programas sociales, culturales, artísticos o deportivos que, por su propia importancia y los beneficios permanentes que les entreguen a los diversos grupos sociales a los que estos apunten, nos proporcionarían, por lógica consecuencia, una cantidad de simpatizantes, adherentes y militantes que con el tiempo se transformarían en una base electoral que no precisaría de “ofrendas de último minuto” para optar por nuestros representantes.
Cuando dimos la pelea a brazo partido y nos aferramos al sueño del arco iris, era porque creíamos en un Chile mejor, con educación, salud y trabajo para todos. El continuismo ha marcado a nuestro país y ya es hora que nosotros saquemos la voz, una voz que nos es propia y que lleva intrínsecos valores irrenunciables y propios de la filosofía que nos crea: El humanismo Cristiano.
Aquí es cuando la cultura, la educación, el arte, y el deporte juegan un papel fundamental, no solo por lo que mencioné en un principio, y que dice relación con las ganancias electorales que traen consigo, y que no son pocas, si no porque es nuestro deber comprometernos con el desarrollo integral de las personas que habitan nuestro país, y comprometernos desde nuestro particular punto de vista. Debemos darles espacio a nuestros agentes culturales para que realicen su labor, y no dejar todo el tema cultural en manos de nuestros compañeros de alianza. Debemos hacer cultura desde la base, desde los municipios donde tenemos, aún, alcaldes y concejales, desde las gobernaciones, intendencias y ministerios. Tenemos gente capaz de hacerlo y debemos confiar en esos, primeramente porque son nuestros.
Nunca es tarde para dar una vuelta de tuerca a lo ya realizado. Aún estamos a tiempo para comenzar a sembrar en este campo, fértil como ninguno porque es el campo de la imaginación y creación del hombre. Debemos unificar políticas culturales, acoger y propiciar ideas creativas para implementarlas en los espacios de los que disponemos, elaborar estrategias y proyectos, marcar la diferencia destacando lo que nos es propio, la identidad que nos hace ser chilenos frente a una globalización que amenaza con engullirnos. Un país sin identidad nunca dejará de ser colonia, no tendrá derecho a llamarse país